Desde hace 400.000 años la humanidad ha pensado en conservar alimentos

Los humanos almacenaban huesos de animales para consumir la médula ósea más tarde, lo que supone el indicio más antiguo de una despensa de alimentos.

Nuestros antepasados ya tenían despensa, pero en vez de latas de sopa o tomate, conservaban médula ósea.

Investigadores españoles han descubierto en la cueva de Qesem, Israel, evidencias de hace unos 400.000 años del almacenamiento de estos tejidos de animales para consumirlos más adelante.

Esta acumulación de alimentos, la más temprana jamás observada en nuestra historia como humanos, implica una preocupación anticipada por las necesidades futuras. Eran capaces de pensar más allá del «aquí y ahora».

Según publican los autores del estudio en la revista «Science Advances», la médula ósea era especialmente buscada como alimento por los antiguos grupos humanos debido a sus altos niveles en ácidos grasos.

Hasta ahora, se creía que su consumo era inmediato tras la caza y la extracción de tejidos blandos del animal. La nueva investigación, dirigida por Ruth Blasco, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, demuestra que también se almacenaba por si era necesario recurrir a ella en el futuro.

Hasta nueve semanas

Los humanos prehistóricos llevaban a la cueva partes seleccionadas de los animales cazados la presa más común era el gamo, como las extremidades y el cráneo, mientras que el resto del cadáver era despojado de carne y grasa en la misma escena de caza.

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Los investigadores descubrieron que los huesos de las patas de los ciervos, especialmente los metapodiales, exhiben marcas de corte únicas que no son las características que quedan tras despellejar al animal para fracturar el hueso y extraer la médula.

Para el equipo, esto significaba que los huesos del venado se mantenían en la cueva cubiertos de piel. Así se facilitaba la preservación de la médula para su consumo posterior en tiempos de necesidad.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores evaluaron la preservación de la médula ósea de ciervos, controlando el tiempo de exposición y los parámetros ambientales, además de realizar análisis químicos.

Los resultados determinaron una baja tasa de degradación de la grasa de la médula de hasta nueve semanas de exposición.

«Las técnicas de extracción de médula deja señales sobre los huesos que pueden ser identificadas arqueológicamente, como ocurre con las muescas producidas por los impactos de percusión o las lascas óseas que se desprenden en el proceso», explica Blasco.

 

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